Pum pum

Publicado el | 30 julio, 2010 | 4 comentarios

Clases. Las hay muchas, y muy diversas; y todo estudiante que se precie tiene que aguantar un número determinado de horas de las mismas durante los largos meses que dura el curso. Algunos, con el mero fin de hacerlas más llevaderas, aprovechan bien el tiempo y recuperan las horas de sueño desperdiciadas la noche anterior; otros, sin embargo, se limitan a aparentar que prestan atención y que les interesa la asignatura, por aquello de que el profesor de turno no se sienta mal. Tan solo una pequeña minoría verdaderamente le da utilidad didáctica a las clases atendiendo de verdad y tomando apuntes como si les fuera en ello la vida.

Pero yo no soy de ninguno de esos, ni mucho menos. Yo pertenezco a un grupo aparte, la división Pum Pum. A raíz de aquel vídeo del señor Torreiglesias que ya publiqué en el blog, yo, junto con unos cuantos compañeros de clase, le hemos encontrado un nuevo sentido a cualquier discurso hablado, y, no solo prestamos más atención a lo dicho, sino que nos lo pasamos infinitamente mejor que cualquier otro asistente.

Nuestra misión: encontrar pum-pum’s. El vídeo anteriormente mencionado no es más que un collage de frases pronunciadas por el presentador de “Saber Vivir”, que en su contexto original tendrían todo el sentido del mundo, pero fuera de él cualquier frase da lugar a un significado mucho más perverso y con connotaciones mucho más… sexuales.

En efecto, lo que hacemos es buscar frases que puedan ser malinterpretadas fuera de su contexto original, lo que nos proporciona momentos en los que realmente no podemos contener la carcajada y la charla se vuelve tan amena y divertida que podría compararse con un monólogo del mejor humorista. Lo cual, dicho sea de paso, es un arma de doble filo, ya que no sería la primera vez que a servidor le han tenido que llamar la atención o que alguno de nosotros ha sido expulsado fuera de clase.

De momento, la palma se la llevan las clases de religión y discursos religiosos de cualquier tipo (misas, charlas doctrinales, etc.), con frases como “deja que Jesús te ayude a sujetarla y tu vida será mucho más placentera”, o el ya conocido por todos “esto es mi cuerpo, tomad y comed todos de él”.

La clase de Matemáticas no se queda atrás: “cuando hay algo muy grande abajo, se opera”, y una gran lista de frases que ahora mismo no recuerdo pero que alguien tiene apuntadas en alguna parte. Hasta compuse un poema del estilo en honor a estos malentendidos matemáticos.

Puede que todo esto de los pum-pum’s os haga replantearos la existencia de algo además de polvo dentro de mi cráneo, y seguramente os resulte la cosa más infantil que hayáis escuchado en mucho tiempo. Bien, lo es. ¿Qué esperábais de una panda de adolescentes aburridos en clase?.

Sin embargo, os invito a todos a probarlo. En clase, en misa, viendo la tele, en una conferencia… el lugar y la hora no importan. Al principio os resultará difícil, pero poco a poco le iréis cogiendo el gustillo a la cosa y obtendréis una diversión sin igual con la que os aseguro no volveréis a pasarlo mal en ratos aburridos. Puede que os cueste y se os note delante de tanta gente, y que incluso os miren mal, pero es porque no comprenden la complejidad y la profundidad de lo que estáis haciendo. Si ellos (sobre todo, ellas) lo hicieran, seguro que se divertirían igual que nosotros. Al fin y al cabo lo que hacemos no es nada malo.

Los niños que miraban fijamente a las pantallas

Publicado el | 15 julio, 2010 | 2 comentarios

Corría el mes de octubre del año 1999 y yo volvía del colegio en Metro, acompañado por mi padre y con una flamante Game Boy Color en el bolsillo que los Reyes Magos me habían regalado las navidades pasadas. Como el trayecto era largo y la espera no era algo que mi inquieta mentalidad de 7 años pudiera comprender y soportar, rebusqué en los bolsillos del pantalón y acerté a encontrar el videojuego que andaba buscando. Sin dilación, encajé esos dos trozos de plástico que algunos llaman consola y cartucho hasta que escuché el característico “clic” que indicaba que ambos ya estaban correctamente acoplados y se podía proceder, por tanto, a encender el aparato y jugar. El uno y el otro ya tenían sendas marcas en sus plastificadas superficies, vestigio de las innumerables veces que había repetido esa acción, mayormente en la tranquilidad de mi casa, donde pasaba horas y horas disfrutando del entretenimiento que áquel (y otros muchos como ese) me ofrecían.

Llegaba entonces el momento de encender la consola. Antes de activar el interruptor, cualquiera de los movimientos que hubiera hecho podrían haber pasado inadvertidos. Sin embargo, tras permitir que la corriente fluyera por todos sus circuitos, esa corriente proporcionada por dos pilas AA (las normales, las mismas que tenían todos los mandos de televisión de casa, el walkman y algún que otro reloj de plástico que se compraba en los chinos, que, pese a su sencillez y reducido precio, te sacaba de un buen apuro e incluso duraba varios años) que pesaban tanto o más que la propia consola, algo quizás menos complejo que el desplazamiento de electrones por pistas de cobre y silicio, pero sin duda más molesto, se desencadenaba.

Sin embargo, cabe antes recalcar la hora y el lugar en el que este acontecimiento que se repetía todos los días que volvía a casa en transporte público -sin apenas excepciones- transcurre. La hora rondaría las cinco y cuarto de la tarde de un día laborable, periodo en el que todos los infantes de mi misma edad salían de sus clases. Así pues, como podéis imaginar, no era la única pequeña y adorable criatura en el vagón.

Desconozco qué tenía el dichoso botón de encendido, ni por qué era el único de todos los mocosos que poblaban el Metro de Madrid que lucía una Game Boy, pero al pulsar aquel interruptor de un negro tan intenso como la oscuridad más absoluta, mi maquinita se convertía repentinamente en un poderoso electroimán humano con capacidad de sobra para atraer inevitablemente a todos los menores de 10 años presentes en el tren.

No importaba la distancia que me separara de los enjendros, tampoco el número de padres, madres, padras, madros y demás familiares acompañaran a los mismos, ni tan siquiera la presencia de mi padre o de otras personas a mi alrededor. Siempre y cuando con sus feroces ojos me vieran jugando con el aparatito corrían (sí, corrían) velozmente a pegar sus sucias narices contra mi pantalla.

Era algo descarado. Por lo general, solo había uno o dos, pero eran la cosa más molesta que vuestras diminutas mentes puedan imaginar. Ya que la pantalla no tenía iluminación, su ángulo y distancia de visibilidad eran reducidos, y había que estar cerca de la misma para ver bien: a una distancia y con un ángulo, digamos, como el que yo tenía. Posición privilegiada la mía, envidia de los presentes, rey autoproclamado del vagón. Como perros hambrientos esperando a un jugoso trozo de carne, como bestias en celo desesperadas por procrear, como feroces leones rugiendo tras los barrotes de sus jaulas exigiendo puntualmente su ración de comida, todos y cada uno de esos malcriados ardían en deseos de ver bien como nadie tal adelanto tecnológico, qué era y cómo funcionaba, ansiaban tocarlo, olerlo, tenerlo, disfrutarlo; por lo que pegaban su asquerosa cara contra la mía, me empujaban y torturaban invisiblemente mientras las migas de la porquería que tuvieran por merienda caían sobre mí y mi pantalla en un baile horrible y caótico que siempre finalizaba dejando a mi alrededor un cerco de inmundicia que daba fe de las atrocidades que en aquel lugar se habían cometido.

El macabro espectáculo debía ser visto por sus progenitores como algo usual, cotidiano, normal; quizás porque tras las cien primeras veces ya estuvieran acostumbrados, o quizás porque era su particular forma de venganza, de devolverle al mundo de alguna manera el sufrimiento ocasionado por las travesuras que debía hacer su pequeño diablo en casa, no lo sé, pero nunca nadie decía nada y el martirio continuaba hasta llegar a la estación destino.

Afortunadamente, fui creciendo y pronto estas escenas dejaron de sucederme, para mi alivio y regocijo personal. Si bien hoy en día, con 10 años más, no se acontecen hechos semejantes, sí es cierto que sigo utilizando el Metro, y asimismo sigo sacándome del bolsillo alguna videoconsola (o en su defecto el móvil) para paliar la dura espera, y sigo haciéndolo en ciertas ocasiones rodeado de niños y otros demonios. Por el contrario, hoy por hoy, las criaturas no solo no te prestan atención ni te miran con desprecio, sino que ellos mismos se sacan un móvil o videoconsola que tú en tu vida y con tu mierda de sueldo jamás podrás llegar a comprar, y se ponen a jugar con ella bien cerca de ti, lo más pegados posible, con aires de grandeza y gran desparpajo… quizás esperando que seas tú el que se acerque a mirar como juegan ellos.

Superabuelo Eduardo

Publicado el | 12 marzo, 2010 | No hay comentarios. ¡Deja el tuyo!

Son increíbles las cosas que pueden llegar a suceder en una gran ciudad como Madrid. En ocasiones, los astros se alinean, las brujas y magos se ponen de acuerdo y una sucesión de acontecimientos y coincidencias dan lugar a hechos que ni el mejor de los guionistas podría llegar a atisbar.

Ayer mismo, sin ir más lejos, perdiéndome con unos amigos por las calles del madrileño barrio de Bilbao tras salir del colegio, nuestro camino se vio interrumpido por una persona que, a juzgar por el color de su cabello y los pliegues de su rostro, bien podría tener ya 10 años de jubilado; y que probablemente en sus tiempos mozos estuviera más erguido, pero actualmente su estatura no sobrepasaba precisamente la de ninguno de nosotros.
Bien vestido, bien arreglado y con aries juveniles hace que nos detengamos:

- Buenas, chicos, ¿qué tal? — dijo, como esperando que le reconociéramos cual estrella de Hollywood. — ¿Qué pasa, no me reconocéis? ¿No sabéis quién soy?

En este punto, y si no fuera por la lucided de sus frases y la clarided de sus palabras, todos nosotros nos jugaríamos el cuello a que era un pobre borracho con el ego subido.

Cuán equivocádos estábamos. Resultó ser Eduardo, un vecino del barrio nacido allá por 1923, deportista nato y dos veces debutante en televisión por sus grandes hazañas a su avanzada edad: la primera, en aquel programa de récords mundiales que retransmitía Antena 3, creo recordar; y la segunda en un reportaje de Telemadrid. Eduardo tiene actualmente 87 años, aparenta 10 menos y se mueve tan ágilmente como cualquiera de nosotros. Afirma que es capaz de dar 100 toques con el pie a una pelota de tenis en 43 segundos. Y de lo del tiempo que tarda en hacerlo no estoy muy seguro, pero puedo afirmar que es capaz de hacerlo, y a las pruebas me remito:

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Y por casualidades de la vida, Eduardo resultó ser amigo de siempre del abuelo de mi amigo Miguel, así que, entre unas cosas y otras, nos estuvo contando historias de tiempos pasados en las que él era capitán de un equipo de fútbol y era capaz de decir el tiempo exacto que tardaba en dar un determinado número de toques con una pelota.

Son cosas quizás sin demasiada importancia, que no te esperarías que ocurrieran, pero que de vez en cuando pasan y por insignificantes que sean bien se merecen ser contadas.

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