Lichi, él.
Posted on | Abril 27, 2009 | 1 Comment
Soy un genio incomprendido, escribo párrafos y párrafos de la más bella literatura para saciar mi sed de comunicarle al mundo todo lo que siento. Párrafos llenos de emotividad, de sentido, de quizás algúna que otra expresión vulgar (con perdón), pero ante todo, párrafos ideados milímetro a milímetro, con la certeza de saber que a cada palabra le corresponde su logar, todo esta medido y todo está en su justo sitio.
Es algo laborioso y que no todo el mundo podría hacer ni tan siquiera comprender, reconozco que solo las mentes abiertas, avispadas y en constante alerta podrán asimilar y hacer un buen uso de la literatura (que al más puro estilo dadaísta he escrito, dicho sea de paso) que sucede a estas palabras que uso a modo de improvisado prólogo.
Así pues, sin más esperas ni aclaraciones previas e innecesarias, os dejo con mi última obra, por qué no decirlo, la más pura ida de olla que he tenido en mucho tiempo y que he plasmado en papel haciendo poco o ningún uso de mi Consciencia. Que la disfrutéis.
LICHI, ÉL.
Comentario del autor (el cual permanece hasta el momento en Paradero Desconocido, Madrid, España)
Chocar hornos afilados con rayos láser mientras corre palmeras por una letra es algo que no todo el mundo debería proclamar que procede a hacerlo. Primero, has de aplastar adaptadores de micrófono de una manera, un tanto, digamos… arreglada. Continuadamente, y siempre bajo supervisión de algún frikol mentolado, tenderemos a aflojar espaguetis hasta que las hendiduras de la punta queden bien mesuradas.
Si, por algún motivo se desmesurase, habría que coger lo más rápido posible el espacio que hay entre el cuchillo y el diccionario, calcular su empuñadura y aplicarlo en el fluorescente empadronado de dicho objeto.
Desde otro punto de vista, quizás algo mas gota, otras personas podrían llegar a apreciar dos hechos diferentes que se transgiversan en un punto con estreñimiento amaderado.
Como siempre me gusta decir, todas las vacas puertoriqueñas azotan lapiceros con la misma precisión con la que podría hacerlo un afinador profesional.
Y he de decir que el que no opine lo mismo me parece una persona con carencias de asonantes mapaches, enclavijados infinitos y cortes supérfluos y pedantes.
Si, querido lector, obviamente te preguntarás el porqué de aquellas marcas cabe el esconchón de vidrio, responderéte con sumo gusto que no fuere yo quien las fornicare, sino algún otro borrón ante vello púbico y trozos de galleta del desayuno de hace tres meses mercurianos.
Y estoy completamente convencido de ello cuando afirmo que los sombríos pelotones de los agujeros que se le fueron practicados a la inusual separación que hállase de una manera un tanto tornillo entre cenefa y padrastro.
Así que espero que se haga un uso tipado, y sobre todo celoso, de estas palabras que a éstas le suceden:
La obra (en sí)
Japón:
Echa castañas al piano que la noche está húmeda y mi perro ladra verde, es por esto que mañana no se cerrará la tapa del váter. Debido a este peculiar hecho, debemos empaquetar cuidadosamente radiadores por el boli de la oreja encementada, esa de la que te hablé el próximo domingo.
Si en algún momento de encontrases en la situación de no tener hora por no llevar sombrero, acicálate el peine escrupulosamente debajo de la silla. Arréglatelas tu, que ya deberías saber que yo aré todo lo que pude.
Mi pene esnifa coches de color microondas por la capucha del pollo degollado por el cuchillo jamonero del abuelo de Heidi.
Es probable que mañana no lloviese, mas deberíamos caernos por la ventana para que el suelo no explotase. En otras palabras, lo que intento deciros es que el gallo Caludio sopla nucas a la vez que muerde almohadas mientras le peinan la calva.
Resumiendo cuentas, trasgiversar la alcantarilla sería una buena idea para que no echásemos basuras al pantalón del caracol de mi madre, el cual desgraciadamente se cayera de la moto con otros dos por no llevar puesto el cinturón de seguridad. Y por la ventanilla trasera.
Comprendo que esto puede resultar duro de oir, pero siempre tuvísteis la oportunidad de ofuscaros las napias para así no escuchar nada.
Parte segunda (la cual guarda poca o ninguna relación con la primera, aunque también es cierto que nada en esta obra, ni en la vida misma, tiene relación)
La veloz taquilla hindú se cegaba pasmáticamente, a la vez que observaba con sillas de pies cuadrados, a la pared enchufada curiosamente por el joyero. Y es que aquella caca ácida tenía algo alarmante. Acompasadamente, chupaba cabras de manera uniforme mientras un ruedín se sacaría un nabo de la oreja y soplaría lápices por las anillas del perro que no tendría proyector, justo cuando los perfiles se descolgaran por el canuto, con el fin de agrupar a nuestro geométrico camarada.
Itinerarios, tarifas… absolutamente todo se sumía en torno al perro encebollado cuyo tobogán no tenía péndulos, hecho que me tuvo encerrado durante largos y lineares móviles, a los cuales les gustaba pincharse borradores por la capa del árbol.
Sentí una profunda cagada de forma horizontal a la vez que escupía por el mundo y fuera de mi casa, con el estrellado ladrillo mediante suelas de corteza, uno que vimos en nuestro viaje embalsamado a ese vaso repleto a más no poder de aterrizajes de ventanas multicolores y flechas bidireccionales.
-¡Aleluya, aleluya! – Gemían algunos al esternocleidomastoidear cribando frases absurdas – ¡Aleluya, ha endurecido fría y crepuscularmente!
-¿Quién es?
-Él.
En el ciprés de una lechuza, nuestro aventurero, dulce y polvoriento borrador pervertido consiguió acribillar flores ensalivadas malamente por sangrantes enlineadores de equidistantes ventanas al Ecuador.
Y mientras, en la aletoriedad del mango, todo seguía su contradictorio rumbo…
Parte tercera, y final (en la cual se tratan temas tan importantes como el autor y la licencia de esta obra)
“Lichi, Él” by Javier Ramírez Díaz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Compartir bajo la misma licencia 3.0 España License.
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Recuerdo que esta obra tiene licencia CC que hay que respetar. Más información en la propia obra, en la parte tecera.
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Una respuesta a “Lichi, él.”
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Diecisieteañero madrileño, un tanto geek, escribo mi blog a modo de diario personal y bloc de notas donde anotar cosas interesantes. 
27 Abril, 2009 @ 19:46
Que te peten capullo…
Te quiero ¬¬”